X: REVELACIONES
Necesitábamos destruir Piedra Alta. Pues ahí se halla un importante yacimiento con minerales y piedras preciosas necesarios para sufragar los gastos de la guerra.
— Robert, ministro de Justicia del Consejo Real. Año 526.
Reino Norte. Año 528. Torre Escarlata.
En las sombrías profundidades de la torre escarlata, las paredes de piedra resonaban con los lamentos de Tristán. Tristán, un joven audaz y valiente, había sido encarcelado injustamente. Su único error fue confiar en el hombre equivocado: Robert, el astuto ministro de justicia del reino.
No había celda lo suficientemente oscura ni reja lo suficientemente gruesa para contener el resentimiento y la furia que ardían en el corazón de Tristán.
Con cada día que pasaba, Tristán meditaba sobre su situación. Recordaba el día en que confió en Robert para ayudarlo a vengar a los suyos. Pero en lugar de justicia, Robert lo traicionó y lo entregó a la banda de Dutch
En esa noche de misterio, cuando la luna ascendía majestuosa en lo alto del firmamento y las sombras danzaban en torno a la imponente torre escarlata, Tristán fue sorprendido por la inesperada llegada de Calavera. Con pasos furtivos y manos hábiles como sombras en la oscuridad, el enigmático visitante deslizó una llave clandestina entre los barrotes de la celda de Tristán, una llave cuyo metal resonaba con el eco de la libertad prometida.
El corazón de Tristán latía con fuerza mientras se aferraba a la llave, sintiendo la esperanza resurgir dentro de él. Con cuidado y determinación, desbloqueó las cadenas que lo ataban y escapó de su celda con sigilo. Pero su escape no pasó desapercibido. Las alarmas resonaron por toda la torre. Calavera descubrió la fuga de su presa. Con sus hombres armados en su persecución, Tristán se vio obligados enfrentarse a una lucha desesperada por su libertad.
Mientras los últimos vestigios de luz se desvanecían en el horizonte y la oscuridad envolvía su huida hacia la seguridad nocturna, Tristán pronunció un juramento solemne, sellado por el fuego de la traición que había marcado su camino. Con cada paso que tomaba, la determinación ardiente latía en su corazón, alimentando su propósito con la fuerza de mil soles. Sabía que la sombra de la injusticia aún se cernía sobre él, pero también comprendía que su compromiso con la venganza era solo el principio de una batalla más grande por la verdad y la redención. Con la firme convicción de que su causa era justa, Tristán se preparaba para enfrentar los desafíos venideros, sabiendo que su lucha por la justicia estaba lejos de alcanzar su fin.