VIII: LA EMBOSCADA
Cayó del cielo. Mucho antes de que yo naciera.
— Alejandro IV.
Reino Norte. Año 528. Camino Escarlata.
De pronto, un grito desgarrador rompió el silencio de la noche. Era Gonza, quien alertaba de la presencia de enemigos. El grito resonó en el camino, despertando a los demás hombres de su letargo. Gonza, con la rapidez propia de un veterano, ordenó formar filas y preparar las armas.
La oscuridad era impenetrable, pero la tensión se palpaba en el aire. Una lluvia de flechas surcó la noche, iluminaban el cielo oscuro. El grupo se vio rodead por los temibles mercenarios de Dutch , con sus rostros pintados por ferocidad y rabia.
La experiencia de combate de estos guerreros era palpable. Cada estocada, bloqueo, espadazo, no parecían de este mundo.
La batalla se prolongó durante horas, bajo la atenta mirada de la luna llena. Los hombres del destacamento, exhaustos pero decididos, luchaban con valentía. Samara, herida en el brazo. Gonza, empapado en sangre propia y ajena, se convirtió en un símbolo de la resistencia.
Unas horas después
Los hombres del destacamento lucharon con valentía y determinación, pero la superioridad numérica de la banda de Los Lobos era abrumadora. Las flechas surcaban el aire, las espadas chocaban contra los escudos y los gritos de batalla resonaban. La banda de Dutch era demasiado poderosa. Nadie en el reino, jamás, había podido con ellos.
-Dutch, hemos capturado a Tristán. El resto han muerto, como nos ordenaste -dijo Calavera.
Dutch sonrió con satisfacción.
-Excelente trabajo. Coger al chico y llevadlo a la Torre Escarlata. -dijo Dutch.
Calavera asintió y se dirigió a la celda donde se encontraba Tristán, el último hombre del destacamento que aún estaba vivo. Tristán, debilitado y desmoralizado, se preparó para enfrentar su destino. Sabía que Dutch era un hombre despiadado y que no le mostraría piedad. Sin embargo, en el fondo de su corazón, Tristán albergaba una pequeña esperanza.