VII: LAS CATACUMBAS

Dutch no es humano. No es posible tal maldad en un ser humano.

— Alejandro IV.

Reino Norte. Año 528. Bastión Sol Radiante.

¿Dónde están los restos de mi hija? – dijo la voz de un pobre hombre.

-En las catacumbas, señor. Su sepultura la espera.

-¿Cómo murió?.

-Hay cosas que es mejor no saber, señor. La muerte se la ha llevado demasiado pronto, pero ahora descansa en paz.

Unas horas después

Una brisa suave se deslizaba entre los estrechos pasillo de las catacumbas, donde apenas llegaba la luz a iluminar las antiguas lápidas de piedra. Aquel era el lugar de descanso eterno. Una figura solitaria se arrodillaba junto a una tumba recién cerrada.

Una muñeca reposaba en la tumba de Anya. Era su muñeca favorita, y su bien amado padre creyó oportuna dejársela en su zona de reposo. La muñeca la protegería en el más allá. Sus ojos de cristal parecían contener la nostalgia de tiempos pasados.

Y así, en aquel lugar de paz y silencio, la muñeca permanecería como guardiana de los recuerdos de una vida que se desvaneció demasiado pronto, mientras las sombras de las catacumbas susurraban historias de amor y perdida en la oscuridad eterna.

Reino Oeste. Año 456. Bastión Escarpado.

-Informa, ¿cómo van nuestros planes? -dijo el rey.

-El muchacho se aproxima a una emboscada. Nuestro plan para destruir Piedra Alta ha funcionado a la perfección. Ya solo nos falta deshacernos de Dutch y su banda.

Los ojos de Allan brillaron con satisfacción ante las noticias. Cada pieza del rompecabezas estaba en su lugar, cada movimiento calculado con precisión milimétrica para asegurar su victoria final.

-Bien. Quiero que evites esa emboscada y permitas al grupo continuar hasta la Torre Escarlata. Es hora de poner la fase final de nuestro plan.